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Reunir diez o doce practicantes
de un Centro Pedagógico Regional no es cosa
fácil. Quizá por razones materiales:
dispersión, distancia... pero igualmente
porque no hay de su parte demanda
aparente:
«A nadie le importa lo
que enfrentamos, entonces hacemos lo que
podemos».
Por el contrario, si alguien se
preocupa por ellos, muy pronto ellos dan cuenta del
aislamiento en que se encuentran y
manifiestan su necesidad de
expresarse.
Poco importa que uno les
proponga o no un tema. Muy rápidamente el
tema de discusión se desvía. Claro
está, en estas reuniones todos somos
docentes y el abordaje de los problemas siempre es
al comienzo muy racional, muy intelectual. Pero con
el tiempo, algunas frases comienzan por
«yo».
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Estos grupos de
discusión permiten ya a aquellos
que allí participan darse cuenta de
que no son los únicos en plantearse
preguntas, en tener dificultades con
algunos alumnos.
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Poder hablar de lo que ellos
viven realmente como fracasos personales abre la
puerta hacia un primer trabajo de
aseguramiento.
Estas discusiones pueden brindar
ya la ocasión de un acercamiento a las
«representaciones»,
sea de la materia enseñada, sea de la manera
de concebir la enseñanza.
A veces, uno de los
participantes llega incluso a contar una
experiencia personal, una dificultad con un alumno.
Es entonces el momento de darse cuenta de que es
posible hablar de sí - y sin peligro.
¿Ser docente (de español en particular,
pero también de otras materias) no es tratar
de favorecer una cierta expresión en los
alumnos? Expresión intelectual ciertamente,
pero también personal, la una subtendiendo
la otra (¿si no, qué
es?)
-"Ellos"
nunca responden -
El
aqui y ahora -
Los
grupos Balint -
?Por
que los agentes de los ferrocarriles y no los
docente?
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